Usualmente creemos que tomar una decisión es un ejercicio
estrictamente racional. Y si bien el análisis y la reflexión necesarios para la
toma de decisiones implica un ejercicio en el que influye la razón, éste se puede ver afectado
por los estados emocionales y las condiciones biológicas naturales.

Esto implica que la calidad del descanso, de la alimentación
y del estilo de vida que se tiene influya sustancialmente en la calidad de las
emociones y, por ende, en las decisiones que tomamos.

Una persona con maestría emocional cuida de sus niveles de
energía y de su equilibrio emocional en aras de tener la claridad
necesaria para tomar las mejores decisiones. Los propósito son que sus pensamientos no inhiban el
sentimiento necesario para que su intuición ilumine aspectos que la razón no
alcanza a interpretar de las situaciones y que el sentimiento
tampoco nuble la razón, pues dicha persona caería en la toma de decisiones impulsivas y
emocionadas.

Teniendo en cuenta esto, quiero mencionar tres estados emocionales que usualmente nos impulsan a tomar decisiones pero que no son los mejores consejeros a la hora de hacerlo.

1. Ira. 

El estado de rabia puede ser una fuerza potente capaz
de transformar una situación de manera importante, si se canaliza para actuar conscientemente, usando la fuerza para transformar el entorno e incluso
transformar los aspectos a mejorar. Sin embargo, en ocasiones las ira llega y se
apodera de las personas hasta el punto de hacerle perder los
estribos. Es durante esa rabia que hace actuar de forma desbordada en la que
usualmente surgen las equivocaciones en las decisiones que se toman bajo este estado
emocional.

¿Qué hacer? Practica meditación, algún deporte y, en general, actividades que te permitan autoconocerte. Antes de que la ira se apodere de
ti retírate de la situación, evita actuar bajo esta emoción y ocúpate
responsablemente de crear el espacio para conversar cuando los ánimos estén
equilibrados. Ese sí puede ser un momento para tomar decisiones acordadas, con
compromisos más a largo plazo.

2. Presión por el éxito.

Aunque este tipo de emoción no
está impuesta desde afuera generalmente (o por lo menos no siempre se manifiesta de forma
evidente), es una presión que muchos líderes o personas perfeccionistas se
generan a sí mismos. El afán de éxito, las ganas de ser ganador o de brillar como el
mejor pueden enceguecerte en ocasiones, y hacer que dejes de contemplar variables
importantes ya que prima el sueño de llegar rápidamente a la meta soñada.

¿Qué hacer? Ocúpate mas de vivir el proceso, si haces el
camino de la mejor forma y das cada paso pensando el bien común y en la mejor
resolución de lo que tienes a mano, el futuro inevitablemente te conducirá al
éxito. Pensar demasiado en tu logro final te hace perder la claridad de lo que
hay que resolver en el presente.

3. Fatiga.

El exceso de actividades operativas o la sobrecarga
de tareas, asociadas a un descuido en la alimentación o en las actividades que
nivelan tu energía, te puede estar llevando a querer resolver muchas situaciones lo
más rápido posible sin dedicarte la suficiente atención y resolviendo demasiado
rápido ciertas situaciones que merecen mas reflexión. A la larga, esto te conducirá a más reprocesos o a actividades que requieren volverse a hacer o a analizar.

¿Qué hacer? Prioriza tus actividades. Tú eres lo más importante, en especial
tu bienestar y equilibrio. Cuida el tener un ciclo de sueño adecuado, la
alimentación adecuada y una actividad física y de ocio, así como espacios afectivos que realmente
sean valiosos para ti. 

¡Activa tu potencial!